
Miraba fijamente a alguien entre la multitud, mientras mantenía a raya a la muerte.
Era una muchacha de escasos 17 años. Al mirarla, todos se preguntaban como no habían notado su presencia mucho antes. Tenia una cabellera larga y abundante de un intenso color negro, brillante. Sus rasgos eran poco común, su piel era casi tan blanca como la nieve que cubría aquella plaza y la boca sensual, de labios gruesos, sus mejillas eran de un tono rosa pálido. Pero nadie mas observo nada salvo sus ojos, de mirada intensa y de un asombrosa color dorado, tan luminosos y penetrantes que cuando miraba a alguien a los ojos sentía como si pudiera ver hasta el fondo del corazón y tenia que apartar la mirada ante el temor de que descubriese sus mas intimos secretos. Las lágrimas corrían por sus suaves mejillas.
El conductor miro expectante a la espera del la señal. Un gesto de asentimiento hizo que el condenado se tambalease. La cuerda se tenso y el cuello del hombre se rompió con un chasquido y quedo colgando en el aire.
Se produjo un silencio impresionante, un sofocado alarido quebranto aquel silencio y todos se volvieron hacia la chica que había caído de rodillas frente a la horca con los brazos alzados.
La joven miro con sus ojos de oro a los 3 hombres.
.-Yo os maldigo. Sufriréis enfermedades y pesares, hambre y dolor. Y vuestros hijos morirán en la horca. Vuestros enemigos prosperaran, y moriréis en la impureza y dolor.
La muchacha se volvió y echo a correr. El gentío se apartaba a su paso y se cerraba detrás de ella. Unos hombres de armas fueron en su búsqueda pero la joven se perdió de vista. El ladrón colgaba del extremo de la cuerda; su rostro pálido y juvenil, tenia tintes violáceos. Debajo de aquel cadáver la blanca nieve seguía acumulandoce.